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Patti Smith: recuerdo de un amor

En estas prosas poéticas, escritas poco después de la muerte del fotógrafo Robert Mapplethorpe y ahora traducidas, Patti Smith traza un retrato emocional.

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En El mar de coral, un texto originalmente editado en inglés en 1996 (siete años luego de la muerte de Robert Mapplethorpe), Patti Smith hace un ejercicio que podemos pensar como una suerte de elegía. Es evidente a toda regla: Patti Smith amó a Robert Mapplethorpe. Eso testimonia El mar de coral .

La prosa poética de Patti Smith siempre deja entrever una potencia emocional insólita e irreversible, casi sin grietas. Su literatura, también sus canciones (al fin, son literatura) revelan siempre ese costado latente de lo no dicho, y para ello, la flor, elemento central de la obra de Mapplethorpe le vale a Smith su simbolismo tan romántico: “Llegó el momento en que adoptó la flor como la encarnación de todas las contradicciones con que se deleitaba. Su pureza de líneas, su carnosidad.

El humilde narciso. Zen apasionado. Las flores le simbolizaban tanto a él como a sus procesos. Y el ojo se convertía en un cuerpo, el tenebroso corazón de una rosa. La siniestra sombra de una orquídea. O la indolente amapola en la oreja de Baudelaire”.

Hay una belleza del orden simbólico en la escritura de Patti Smith: siempre un género de cierta bastardía cegadora, muy propia de la luz de Nueva York, pero aquí todo muta hacia otra deformación genérica: el ditirambo, o el tributo hacia un ser admirado como único (Smith fue, además, novia, y luego confesora e íntima amiga de Robert).

Resulta evidente que el modelo de artista para Patti Smith fue encarnado por Mapplethorpe: su Miguel Angel (al que cita), y otros artistas que vivieron de un modo diferente, tal como pensó Giorgio Vasari en su Vidas de los artistas más ilustres .

Podemos leer El mar de coral como la potencia o el germen de lo que vendría cuatro años después (Enero, 2010) en Just Kids Eramos unos niños –, esas memorias colosales de pura fibra donde Smith describe a Mapplethorpe como alguien absolutamente convencido de quién era y hacia dónde iba: “siempre supo que era un artista, y todos los sabíamos”.

Esa convicción es también el arma: Icaro y Narciso. El sol y el agua. La muerte es irremediable cuando la búsqueda de la belleza es una misión tan radical que se termina pagando con la vida: se quema, se ahoga en su propia imagen. La obra de Robert Mapplethorpe, en este sentido y como la de todo contemporáneo –hijo de su tiempo– es, paradójicamente, extemporánea: un diálogo con lo pasado, con la temporalidad de otras épocas. Mapplethorpe buscaba la belleza total, apolínea; en el enclave de la estética nietzscheana la balanza no iría hacia Dionisos –el dios del exceso y el vino–, sino hacia Apolo –la razón–: lo bello mapplethorpiano –incluso en su virulencia y agresión pornográfica– es mesurado. Efectivamente, Mapplethorpe procuraba, como él mismo lo sentenciaba, la perfección formal absoluta. Una perfección no facciosa: la obra de Mapplethorpe no es una producción de gueto. Mapplethorpe incorporó la subcultura sadomasoquista de los años 70 y 80 de modo “natural”.

Siempre resulta fascinante ver cómo Patti Smith encuadra a Mapplethorpe no como un “artista gay”, en el sentido que su condición sexual lejos de ser una restricción es una apertura, distante a un cercenamiento, sino más bien en un plano totalizador: una condición de posibilidad para la percepción de su obra. Uno podría decir que las flores en las imágenes de Mapplethorpe –calas, orquídeas, tulipanes, crisantemos– no tienen procedencia natural, son más bien esas flores decorativas, cuasi artificiales –meras prótesis– que decoran los lobbies o los cuartos de hoteles y edificios de las clases acomodadas de la ciudad de Nueva York: flores urbanas que manifiestan, en su retorcimiento y complejidad, una suerte de diagrama disciplinario y vínculo de poder con el exterior –el florero, el marco, la mesa, la luz.

El mar de coral es una figura retórica ideal para esta presentación testamentaria que hace Patti Smith desde la vida. Es evidente que en la obra de Mapplethorpe siempre trasunta esa voluntad descomunal –libido exultante que, como todo genio, es inacabable.

Robert Mapplethopre murió el 9 de marzo de 1989, a los 42 años, por complicaciones relacionadas al sida, pero Smith dio cuenta siempre desde su vitalismo. Su obra y su vida tienen, a más de veinte años de su desaparición, una belleza que conmueve, precisamente, por su radicalidad, por encontrarla en territorios extraños, por descubrir, entonces, que la propiedad de lo bello está más en la mirada que en el objeto del cual se predica: como un alma vieja y noble.

Algo de ello nos dice Patti Smith ya cual arcano, oráculo punk o sabia beatnik; como heredera, quizás última representante de un linaje tan norteamericano como irrepetible, y dice: “¿De qué habrían de culparme? ¿De ser un hombre que deseaba nada menos que abrazar el espinazo de una montaña bañada de luz cambiante?”. La flor –Mapplethorpe– que describe Patti Smith, siempre fue del bien: belleza imperecedera y amor incondicional.

via Revista Ñ